Vidas precarias

Por E. Vázquez

Si analizamos el significado de precario, vemos que se consideran precarias aquellas situaciones que se caracterizan por su escasa seguridad, su poca estabilidad, una duración indeterminada o la carencia de recursos económicos suficientes.

A la vista de ello, la primera consecuencia, que debemos extraer, es que la vida es un precario, pues su duración es indeterminada, nadie sabe los años que va a vivir.

Si esa idea la recordáramos todos días, seguramente el mundo sería diferente, pues tendemos a vivir como si no fuésemos a morir nunca.

Es cierto que quizás, si nos guiáramos constantemente por nuestra precariedad, no habría avances, ni desarrollo, ni progreso, pero también parece razonable pensar que, olvidarlo y tratar de ignorarlo, puede fomentar, entre otras cosas, los egoísmos, las ambiciones y la insolidaridad.

Lo preocupante no es que vivir sea una situación de precario, eso forma parte de la naturaleza de la propia vida; los seres vivos nacemos con fecha de caducidad, pero sin que la podamos conocer.

Lo preocupante sí que es el que da la sensación de que, cuando parecía que se estaba construyendo un sistema social que goza de cierta estabilidad, éste da síntomas de estar desmoronándose.  Y esto sin ignorar que ese modelo de sociedad sólo llegaba, de momento, a determinadas zonas de la Tierra, e incluso con grandes “calvas” en dichas zonas.

Tener estabilidad en el empleo empieza a ser un privilegio; comienza a convertirse en norma: trabajar a temporadas, percibir en ocasiones alguna prestación social, no cobrar nada y volver a empezar.

Hay millones de viviendas cerradas, algunas posiblemente debieran demolerse, pero también mucha gente que no puede acceder a tener una casa, pues les es imposible comprarla, ya que no  tienen dinero, y tampoco condiciones para que les den un crédito.

Cada día se cuestiona más la existencia de una sanidad gratuita y universal, se invocan de forma sistemática las dificultades de su financiación. Se presuponía que era un derecho consolidado, sin embargo hoy resulta difícil no plantearse ciertas dudas.

Las pensiones y las prestaciones por desempleo o carencia de recursos están en el punto de mira de todos; recurrentemente, sin descanso alguno, se publican estudios sobre la inviabilidad de los sistemas de pensiones.

La educación, la atención a los mayores, la protección a las familias y a la natalidad, todo está puesto en cuestión, todo se considera insostenible, y hasta pueda ser cierto, pero nunca termina de explicarse de forma clara y concluyente las razones profundas que generan esa situación.

La deuda pública, el déficit, la deuda de empresas y familias, la prima de riesgo, la inestabilidad de los Mercados, los movimientos de la Bolsa, los tipos de interés, la inflación o la deflación; todos los indicadores se valoran transmitiendo siempre un mensaje de inestabilidad, de inseguridad y de precariedad.

Cuando se reflexiona sobre estos temas, se siente cierto vértigo, da la sensación de que se camina  hacia un modelo de sociedad en el que nuestras “vidas precarias”, por imperativo de la naturaleza, pasarán por este mundo, viviendo, cada día de estancia en él, en una permanente precariedad.

 Resulta pintoresco que gentes, con retribuciones muy altas, fondos de pensiones excelentes, que ni estuvieron ni estarán en las colas del paro, clientes de los mejores hoteles,  medios de transporte y lugares de vacaciones, suelan ser las que, sistemáticamente, expliquen la necesidad de reducir salarios, pensiones, prestaciones y ayudas de todo tipo.

Mientras tanto, las desigualdades aumentan; igual resulta que es cierto que sea necesario reestructurar todo, pero parece lógico pensar que debiera afectar a todos, y en mayor medida a los que más tienen y de mejor posición gozan. No se trata de defender un igualitarismo radical, sólo de ser radical en la lucha contra la desigualdad.

E. Vázquez

 

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