Contra nostalgia, caldo pimentón

Por José A. Martínez Soler

Por la mañana he visto la procesión de las palmas en la tele. Hoy es domingo de Ramos, hay luna llena, visible desde antes del atardecer, y es víspera del 14 de abril.

El campo está llenos de lindos colores: amarillos y morados sobre todo. Algo me falta. Aún no han abierto las amapolas. Ramón Gómez de la Serna, el compañero de nuestra ilustre paisana Carmen de Burgos, decía que las amapolas eran “la sangre de los trigales”. Quizás mañana pueda distinguir alguna para completar mi bandera favorita: amapola, margarita y romero. ¡Qué ramillete! Mi padre (en voz baja, claro) me la cantaba así:

“Banderita tu eres roja,/bandera republicana/ llevas sangre, llevas oro,/ y por tus penas morada”.

Lindos colores 14 de abril

Lindos colores 14 de abril

El caso es que, tan cerca del 14 de abril y tan lejos de Almería, me ha dado un ataque de nostalgia. Mi madre solía decir: Si no quieres arroz, toma tres tazas”. Dicho y hecho. Para vecer la nostalgia, Caldo Pimentón, el plato de mi tierra por excelencia. La nostalgia se cura con un atracón de nostalgia.

Los colores, los olores y los sabores, lo último que se pierde. Mi comadre me refrescó la receta de mi infancia y juventud almerienses:

Se cuecen las patatas y se apartan. Un hervor al tomate para quitarle fácilmente la piel. Se asan los pimientos en el horno. Me acuso de haber recurrido hoy a los de bote. (Perdona, comadre). Preparo el almirez. Machaco ajos, cominos, sal y una cucharada sopera de pimenton dulce. Luego, dos cucharadas generosas de aceite. (Hoy le puse Oro de Níjar) Cuezo el pescado disponible: rape, calamar y chirlas. Y añado las patatas cocidas, los tomates pelados, los pimiemtos asados y todo lo que hay machacado en el almirez. Que hierva 3 minutos y listo para comer.

Caldo pimentón, según receta de mi comadre.

Caldo pimentón, según receta de mi comadre.

Exquisitos sabores de infancia. Me comí dos platos y medio de recuerdos. Y me regodeé, sin pudor, en aquellos años de pantalón corto y de rodillas tan llenas de pupas que solo una madre podía querer.

Pues sí. Antes de que la razón venciera a la fe, yo también paseé palmas y ramas de olivo por las calles de Almería en el domingo de Ramos. Luego, paseo arriba, paseo abajo para mirar de reojo a las chicas de las jesuitinas (las más pijas) o de la Compañía. Podíamos llegar hasta el Morro, y fumar, a escondidas, en los Cuescos. O sentarnos libremente en las “escalinatas reales” del Puerto. Dicen que allí desembarcó Isabel II. (Ella fue quien puso un impuesto al mineral de Almería para construir el Teatro Real, que, por tanto, es algo nuestro). También allí tiraron al agua la campana del patio de La Salle para hacer rabiar al hermano Prefecto. Al tañer aquella campaña, formábamos militarmente, a toda prisa, y cantábamos el Cara al Sol. Aún no han encontrado al autor de aquella broma.

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Vale por hoy. Este blog (de tres almerienses transterrados: Antonio Cantón, Enrique Vázquez y un servidor) está en proceso de construcción y este comentario es una prueba para ver si funciona. Termino con otra “greguería” del chico de nuestra Colombine: “La nostalgia es la sonrisa al trasluz”.   O sea, con una sonrisa.

(José A. Martínez Soler)